En 2003, Claude Michaud, entonces director del Centro Europeo para el Desarrollo Ejecutivo, escribió que «con frecuencia, actuamos de una forma etnocéntrica, mostrando una fuerte creencia en la superioridad de nuestra cultura de origen y utilizando ciertos estereotipos, pero olvidando que otras personas y culturas actúan tan racionalmente como la nuestra, pero en relación con sistemas de valores diferentes», que afectan a aspectos tan diversos como la relación con la naturaleza, la concepción del tiempo, el modelo de referencia de una vida exitosa, entre otros muchos.

Para una persona o para una organización, estar en contacto con personas u organizaciones provenientes de otras culturas, o estar inmersas en ellas, es una oportunidad única para aprender, en primer lugar, sobre sí mismas. Este aprendizaje puede llevarlas no solo a descubrir a los otros, sino también, y ante todo, a descubrir aspectos de sí mismas que es muy difícil ver reflejados en quienes son percibidos como sus iguales.

Por tanto, cualquier tipo de contacto con otras culturas, sea a través de relaciones personales o profesionales, o a través de productos culturales, es, ante todo, una forma de descubrimiento y enriquecimiento propios que merece la pena aprovechar cuando se presente la ocasión. El mejor lugar y el mejor momento para empezar es, junto con la familia, la escuela, para que las niñas y los niños que están a nuestro alrededor vivan siempre con naturalidad la existencia la diversidad y la convivencia con ella, y que entiendan que el color de su piel no es el único color, ni el no color, sino otro color.

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